Aventura
Aventura En la mañana del cuarto día de fiebre, Sheldon ordenó que le llevasen hasta la galería para contemplar el océano enfurecido. El viento amainaba, pero las olas seguían rugiendo en la playa y sobre la arena, hasta tropezar con el muro de la cerca, donde parecían deshacerse dejando sus blancos restos de espuma. Los treinta granos de quinina que se había tomado Sheldon le producían en los oídos un zumbido constante, semejante al de un irritado enjambre, además de un temblor permanente en sus manos y rodillas, y una angustiosa sensación en el estómago. Entonces, al abrir los ojos, pensó que estaba delirando. Cerca de donde había permanecido anclada la Jessie vio aparecer la proa de una embarcación en la deshecha cresta de una ola, para desaparecer tras otra y volver a aparecer conforme se acercaba a la playa. Estaba convencido de que ninguno de sus botes se había hecho a la mar, ni había en Salomón nadie lo suficientemente temerario como para enfrentar las iras del enrabietado océano.