Aventura

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—Muy bien. Mis hombres no aguantarían un día, y mucho menos una semana, de modo que ¿dónde está la llave?

—Colgada de ese clavo, detrás del reloj.

Pareció rendirse fácilmente, pero en cuanto la muchacha se hizo con la llave, añadió:

—Me parece un desperdicio darles esas conservas a los negros.

Ella se giró airada, con la sangre llameando en sus mejillas.

—Mis hombres no son negros; será mejor que comprenda eso desde ahora. Respecto a sus conservas, pienso pagar todo lo que coman; no se preocupe por eso. No es bueno que se intranquilice en el estado en que se encuentra. No me quedaré aquí más tiempo del imprescindible; solo el tiempo necesario para que usted se recupere completamente y no me remuerda la conciencia por haber abandonado a uno de mi raza.

—Dígame, señorita, ¿es usted americana? —le preguntó David Sheldon.

La joven permaneció callada durante un momento.

—Lo soy. Pero ¿por qué me lo pregunta?

—No, por nada. Lo había adivinado.

—¿Algo más?

Sheldon negó con la cabeza.

—Pensé que quizá le gustaría decirme alguna cosa agradable.


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