Aventura
Aventura —Ahora ya no me apetece —contestó la joven con un mohÃn burlón—. Ya me buscaré a alguien que quiera escucharme, sin tener que suplicarle para que me atienda. Además, necesito algunas informaciones acerca de su plantación. He intentado enterarme de la hora en que se debe tocar la campana para iniciar el trabajo y no he tenido el menor éxito. No comprendo el ridÃculo dialecto de esta gente. ¿Hasta qué hora trabajan?
—Hasta las once, para regresar a la una.
—Eso haremos, gracias. Y ahora, dÃgame: ¿dónde guarda usted la llave de su despensa? Mis hombres necesitan comer.
—¡Sus hombres! —gimió el enfermo—. ¡De acuerdo, pero no se alimentarán de conservas! Deje que vayan a almorzar con mis criados.
Los ojos de la joven brillaron como el dÃa anterior, y pronto percibió él de nuevo esa expresión autoritaria en su rostro.
—No pienso aceptar. Mis hombres son personas. Ya me he dado un paseo por sus repugnantes chozas, y he visto lo que comen. ¡Patatas! ¡Solo patatas! ¡Sin sal, siquiera! Quizá me equivoque, pero me ha dado la impresión de que era lo único que tenÃan para comer. ¿Dos comidas al dÃa es lo normal durante la semana?
El enfermo asintió con la cabeza.