Aventura

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—Lleva usted inconsciente veinticuatro horas —prosiguió ella—, y en ese tiempo me he ocupado de todo. Cuando se lo permita, podrá usted levantarse, pero no antes. Y ahora, veamos: ¿qué medicinas está tomando? ¿Quinina, quizá? Aquí veo diez granos. Muy bien. Espero que sea usted el tipo de enfermo ideal.

—Mi querida y amable joven…

—No diga nada, o al menos no malgaste sus palabras en cumplidos. Si desea decir otra cosa, de acuerdo.

—Pensaba en la plantación…

—¿Y para qué quiere una plantación alguien que está moribundo? ¿No desea saber nada de mí? Hiere usted mi orgullo. Aquí me encuentro, sana y salva de mi primer naufragio; y aquí está usted, sin la menor curiosidad, dispuesto únicamente a que escuche todo cuanto tiene que decir de su triste plantación. ¿Es que no se da cuenta de que estoy ansiosa por poder contarle a alguien, a cualquiera, lo de mi naufragio?

El hombre sonrió por primera vez en mucho tiempo, y no por lo que ella decía, sino por la forma de expresarlo: con una expresión de humor jovial y una excitada alegría que retozaba en su mirada y en todas sus facciones, iluminándolas con singular encanto. Ya estaba calculando la edad que podría tener aquella muchacha.

—Muy bien, cuéntemelo, por favor —pidió finalmente.


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