Aventura

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—No me agradan demasiado estas tareas —decía, refiriéndose a las labores de cocina—, pero debo honrar a mi padre haciendo uso de la educación que me dio.

Otra de sus reformas consistió en quemar el viejo y maloliente hospital, lo que provocó una encendida discusión con Sheldon, para levantar otro que ella consideraba más limpio, con la ayuda de sus hombres. Les quitó a las ventanas las cortinas de percal, y las sustituyó por otras de llamativa indiana que encontró en el almacén, y con la que se hizo además algunas batas. Cuando Sheldon vio la lista de ropas y objetos para su propio uso que deseaba que le trajeran de Sydney con el primer vapor, se dio cuenta de que había decidido quedarse a su lado durante mucho tiempo.

Desde luego, aquella mujer no se parecía en nada a todas cuantas había conocido o imaginado en el pasado. En sus relaciones con Sheldon, de hecho, no parecía siquiera una mujer. No había languideces, ni gestos de cariño o asomos de coquetería. Se habría dicho que eran hermanos, a juzgar por la forma en que uno y otra lograban dominar sus impulsos sexuales. Incluso las más delicadas galanterías por parte de él pasaban por no percibidas, como si fuesen despreciadas, y enseguida hubo que desistir de ofrecerle la mano para saltar de la barca o subir a alguna altura, convencido de que no necesitaba ninguna ayuda.


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