Aventura

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—¡Váyase con Dios! ¿No se da cuenta de cómo le odio? ¡Le odio! Pero ¿es que no piensa quitarse de mi vista?

Sheldon palideció de ira.

—Entonces, ¿por qué ha disparado?

—Por… por… porque usted es blanco —lloró Joan—, y mi padre jamás habría dejado a un blanco en la estacada. Pero la culpa es suya. No tenía ningún derecho a exponerse a semejante peligro. Y tampoco era necesario que lo hiciera.

—No consigo entenderlo —replicó Sheldon secamente, y se dispuso a marcharse—. Ya hablaremos de ello después.

—Fíjese en cómo trato yo a esta gente. Ahí tiene usted esos dos muchachos que estoy cuidando ahora. Cuando se hayan repuesto serán capaces de matar por mí. Y para conquistar su cariño no es necesario que les esté amenazando de muerte todo el tiempo. No es necesario ser tan rígido… tan brutal. ¿Qué le importa que sean caníbales? Después de todo son seres humanos, como usted o como yo, y son capaces de entender cualquier cosa. Eso es lo que les distingue de las bestias.

Sheldon asintió con la cabeza, y se marchó.

Cuando regresó de la plantación varias horas más tarde, Joan tenía otro aspecto y otra opinión, también, lo que le alegró sobremanera.


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