Colmillo blanco
Colmillo blanco Aquello ayudó a incrementar el coraje del lobezno y, aunque el pájaro carpintero que se encontró a continuación le sobresaltó, continuó confiadamente su camino. Tal era su confianza que cuando otro pájaro apareció descaradamente dando saltitos delante de él, lo alcanzó con su pata juguetona. El resultado fue un fuerte picotazo en la punta del hocico, que le hizo encogerse y gemir. El ruido que hacía era demasiado para la avecilla, que remontó el vuelo para más seguridad.
Pero el lobezno estaba aprendiendo. Su pequeña y nebulosa mente había producido ya una clasificación inconsciente. Existían las cosas que vivían y las que no vivían. También debía tener cuidado con las vivientes. Las cosas que no vivían siempre permanecían en el mismo sitio, pero las cosas vivas se movían y no había forma de predecir lo que podían hacer. Lo que se podía esperar de ellas era lo inesperado y para aquello debía prepararse.