Colmillo blanco
Colmillo blanco Pero había veces en que incluso el arrendajo le era indiferente y era cuando se veía amenazado por otro predador que rondara buscando su presa. Nunca se olvidó del halcón, y su sombra móvil siempre le hacía acurrucarse en la espesura más cercana. Nunca más volvió a arrastrarse o a caminar con la torpeza propia de un cachorro, sino que comenzó a desarrollar la forma de caminar de su madre, sigilosa y furtiva, que aparentemente parecía no exigir esfuerzo, aunque se deslizaba con una rapidez que era tan engañosa como imperceptible.
En el asunto de la carne, la suerte le había acompañado tan solo al principio. Los siete polluelos de ptarmigán y la joven comadreja eran la suma de todas sus cacerías. Su deseo de matar se fortalecía día tras día, y acariciaba hambrientas fantasías con respecto a la ardilla que parloteaba voluble y que siempre avisaba a todas las demás criaturas de que el lobezno se acercaba. Pero, como los pájaros que volaban por el cielo, las ardillas podían subirse a los árboles, y el lobezno tan solo podía intentar agazaparse sin ser observado cuando la ardilla estuviera en el suelo.