Colmillo blanco

Colmillo blanco

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Colmillo Blanco siguió a su madre y se tendió a su lado. La mano de Lengua de Salmón le alcanzó y le hizo tumbarse con el vientre descubierto. Kiche le miraba con inquietud. Colmillo Blanco sintió que el miedo se apoderaba de él otra vez. Apenas pudo contener un gruñido, pero no hizo ningún esfuerzo por morderle. La mano, que se abría y cerraba, acariciaba su estómago de forma juguetona y le hacía rodar de un lado a otro. Estar tendido sobre su lomo con las patas hacia arriba era ridículo y no tenía la menor gracia. Además, era una posición en la que se encontraba tan absolutamente indefenso que la naturaleza entera de Colmillo Blanco la rechazaba. No podía hacer nada para defenderse. Si este animal-hombre trataba de hacerle daño, sabía que no podría escapar. ¿Cómo podría huir con las patas hacia arriba? Sin embargo, la sumisión hizo que pudiera dominar su miedo y tan solo gruñó suavemente. No pudo contener el gruñido, pero el hombre tampoco le respondió con otro manotazo en la cabeza. Y además, para mayor confusión, Colmillo Blanco experimentó un indecible placer al sentir la mano acariciándole arriba y abajo. Cuando volvió a su posición normal, dejó de gruñir; cuando los dedos le acariciaron la base de las orejas, el placer se intensificó y cuando, con una última caricia, el hombre le dejó libre, el miedo había muerto en Colmillo Blanco. Todavía tendría que conocer el miedo de otros muchos contactos con el hombre; sin embargo, era el indicio de un compañerismo sin temor lo que a la larga quedaría en él.


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