Colmillo blanco
Colmillo blanco Y sin embargo, de nuevo, en una nueva dirección, la mano de las circunstancias le presionaba y aguijoneaba, suavizando todo aquello que se habÃa endurecido y remodelándolo según un patrón más justo. Weedon Scott era en verdad aquella mano. HabÃa llegado hasta las raÃces de la naturaleza de Colmillo Blanco y con su amabilidad despertó potencialidades que habÃan languidecido por completo. Una de aquellas potencialidades era el amor. Este sustituyó al gusto, que en los últimos tiempos habÃa sido el sentimiento más elevado que le habÃa estremecido en su trato con los hombres.
Pero aquel amor no llegó en un dÃa. Comenzó por el gusto y de él fue desarrollándose poco a poco. Colmillo Blanco no huÃa, aunque le permitÃan andar suelto, porque le gustaba aquel nuevo dios. Aquella era ciertamente una vida mejor que la que habÃa llevado en la jaula de Guapo Smith y era necesario tener un dios. El dominio del hombre era una necesidad de su naturaleza. El sello de su dependencia con respecto al hombre le habÃa marcado el mismo dÃa en que dio su espalda a lo salvaje y se arrastró hasta los pies de Castor Gris para recibir la esperada paliza. El sello le habÃa marcado de nuevo, para siempre, en su segunda huida de lo salvaje, cuando el largo perÃodo de hambre terminó y hubo peces una vez más en el poblado de Castor Gris.