Colmillo blanco
Colmillo blanco Más tarde, aquel mismo día, se encontró con otra gallina extraviada cerca de los establos. Uno de los mozos de los caballos acudió a rescatarla. No sabía la raza de Colmillo Blanco y tomó como arma un látigo corto de calesa. Al primer chasquido del látigo, abandonó la gallina por el hombre. Un palo habría detenido a Colmillo Blanco, pero no un látigo. En silencio, sin arredrarse, tardó un segundo en cortar la distancia que los separaba y, al saltar sobre su garganta, el mozo de cuadras gritó: «¡Dios mío!», y retrocedió tambaleándose. Soltó el látigo y protegió su garganta con los brazos. Como consecuencia, un antebrazo quedó desgarrado hasta el hueso.
El hombre estaba terriblemente asustado. No era tanto la ferocidad de Colmillo Blanco, sino el silencio, lo que alteraba al mozo. Todavía protegiéndose la garganta y la cara con su brazo desgarrado y sangrante, trató de guarecerse en el granero. Y se habría visto muy apurado si no llega a ser por Collie, que apareció en escena. Igual que le había salvado la vida a Dick, en aquella ocasión se la salvó también al mozo. Se abalanzó contra Colmillo Blanco con frenética cólera. Estaba en lo cierto. Lo había sabido antes que los apresurados dioses. Todas sus sospechas habían sido justificadas. Allí estaba el merodeador ancestral con sus viejos trucos.