Colmillo blanco

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Además, los perros de las tierras del sur le miraban con desconfianza. Despertaba en ellos el instintivo temor por lo salvaje y siempre le recibían con un gruñido y con un odio beligerante. Él, por otra parte, aprendió que no era necesario utilizar sus dientes contra ellos. Sus colmillos desnudos y sus labios fruncidos eran igualmente eficaces, y rara vez no conseguía detener el ataque de un perro que se abalanzaba sobre él rugiendo.

Pero en la vida de Colmillo Blanco había una contrariedad: Collie. Jamás le dio un momento de paz. No era tan amiga de la ley como él. Estropeaba todos los esfuerzos del amo para que Colmillo Blanco y ella fueran amigos. En sus oídos siempre resonaba su duro y nervioso gruñido. Jamás le perdonó el episodio de la muerte de las gallinas y constantemente se aferraba al pensamiento de que sus intenciones eran malas. Le consideraba culpable antes de que actuara y le trataba en consecuencia. Se convirtió en una molestia para él, como un policía que le siguiera por los establos y los campos y, si se le ocurría mirar con curiosidad a una perdiz o a una gallina, estallaba en alaridos de indignación y cólera. La forma favorita de Colmillo Blanco para no hacerle ni caso era tumbarse con la cabeza sobre las patas delanteras fingiendo dormir. Aquello siempre la dejaba pasmada y la hacía callar.


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