Colmillo blanco
Colmillo blanco De todo aquello Colmillo Blanco no sabía nada. Pero entre él y Alice, la mujer del amo, había un secreto. Cada noche, después de que los habitantes de Sierra Vista se hubieran ido a la cama, ella se levantaba y dejaba que Colmillo Blanco durmiera en el gran vestíbulo. En aquellos momentos, Colmillo Blanco no era un perro doméstico, ni se le permitía dormir en la casa; así que, cada mañana muy temprano, ella se deslizaba hasta el piso de abajo y le dejaba salir antes de que la familia se levantara.
Una de aquellas noches, mientras la casa dormía, Colmillo Blanco se despertó y permaneció tumbado en silencio. Y sin hacer ruido, olfateó el olor que impregnaba el aire y leyó el mensaje que transportaba y que le hablaba de la presencia de un dios extraño. Y a sus oídos llegaron los ruidos de los movimientos de aquel dios. Colmillo Blanco no estalló en un furioso escándalo. No era su forma de actuar. El dios extraño caminaba suavemente, pero con más suavidad caminaba él, ya que no tenía ropa que rozara su cuerpo. Continuó en silencio. En las Tierras Vírgenes había cazado carne viva que era infinitamente más huidiza y sabía las ventajas de un asalto sorpresa.