Colmillo blanco
Colmillo blanco Pero casi con la misma rapidez que comenzó, la conmoción se diluyó en el silencio. La lucha no se había prolongado más de tres minutos. La familia entera, asustada, estaba reunida arriba de las escaleras. Desde abajo, y como desde un abismo de oscuridad, ascendía un gorgoteo como el del agua burbujeando. A veces, aquel gorgoteo se tornaba sibilante, casi como un silbido. Pero rápidamente se apagaba y moría. Luego nada emergió de la oscuridad, salvo el pesado jadear de alguna criatura que luchaba, gravemente herida, por respirar.
Weedon Scott apretó un botón, y la escalera y el vestíbulo se llenaron de luz. Entonces, él y el juez Scott, revólveres en mano, descendieron con precaución. No había necesidad de tanta cautela. Colmillo Blanco había cumplido con su trabajo. En medio del destrozo de muebles, casi de costado, con el rostro escondido por un brazo, yacía un hombre. Weedon Scott se inclinó sobre él, quitó el brazo y descubrió la cara. La garganta abierta explicaba la causa de su muerte.
—Jim Hall —dijo el juez Scott, y padre e hijo se miraron significativamente.