Colmillo blanco
Colmillo blanco La noche fue una repetición de la anterior, salvo en que la necesidad de dormir se volvió acuciante. Los gruñidos de los perros estaban perdiendo su eficacia. Además, gruñían los dos al mismo tiempo y sus entumecidos y soñolientos sentidos ya no registraban los cambios de timbre e intensidad. Se despertó con sobresalto. La loba estaba a menos de una yarda de él. En un acto mecánico, a poca distancia, sin dejar que se diera cuenta, le lanzó un puñado de brasas en la boca abierta. Ella saltó, aullando de dolor y, mientras él se complacía con el olor de la carne y el pelo quemados, la vio sacudir la cabeza y gruñir coléricamente a unos veinte pasos de él.
Pero aquella vez, antes de volver a adormilarse de nuevo, se ató la mano a una astilla ardiente de pino. Sus ojos se cerraban, pero solo durante unos pocos minutos, hasta que la llama alcanzaba su piel y le despertaba. Durante varias horas durmió gracias a esta estratagema. Cada vez que se despertaba, echaba a los lobos con nuevas ascuas ardientes, avivaba el fuego y colocaba otra vez la astilla de pino en su mano. Todo funcionaba bien, pero una de las veces se ató mal la astilla. Mientras sus ojos se cerraban, la astilla cayó de su mano.