Colmillo blanco
Colmillo blanco Por delante de los perros, sobre unas grandes raquetas de nieve, caminaba con dificultad un hombre. Y en la parte trasera lo hacía un segundo. Sobre el trineo, en la caja, yacía un tercero —cuyo difícil caminar había cesado definitivamente—, un hombre al que lo salvaje había conquistado y derrotado hasta hacerle imposible luchar más. A las Tierras Vírgenes no les gusta el movimiento. La vida es una ofensa para ellas, pues la vida es movimiento; y el objetivo de las Tierras Vírgenes es siempre destruir el movimiento. Hielan las aguas para impedir que corran hasta el océano, chupan la savia de los árboles hasta que congelan sus esforzados corazones vegetales; pero con quien son más feroces y hostiles es con el hombre, al que acosan y aniquilan hasta que lo someten; al hombre, que es el más inquieto de los vivos, siempre rebelde contra el dictamen que proclama que todo movimiento debe, al final, desembocar en la quietud.
