Colmillo blanco

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No permanecieron en un solo sitio, sino que atravesaron el territorio hasta que llegaron al río Mackenzie, hacia el que bajaron lentamente, abandonando el camino con frecuencia para entregarse al juego de la caza a lo largo de los pequeños riachuelos que afluían a él, pero siempre regresando al río. A veces se encontraban con otros lobos, generalmente emparejados; pero no había amistad en la comunicación entre ambas partes, ni alegría en el encuentro, ni deseo de volver a la formación de la manada. Varias veces se encontraron también con lobos solitarios. Estos eran siempre machos e insistían en unirse a Tuerto y a su compañera. A él aquello le ofendía y cuando ella se colocaba hombro con hombro junto a él, erizándose y mostrando sus dientes, los solitarios aspirantes retrocedían, se daban la vuelta y continuaban su camino.

Una noche de luna, mientras corrían a través del silencioso bosque, Tuerto se detuvo de pronto. Elevó el hocico, su cola se levantó y su nariz se dilató al oler el aire. Incluso levantó una pata a la manera de los perros. No se quedó satisfecho y continuó oliendo el aire, tratando de comprender el mensaje que le transmitía. Un olfateo cuidadoso había satisfecho a su compañera, que reanudó el paso para infundirle confianza. Él la siguió, aunque todavía tenía sus dudas y no pudo evitar hacer un alto para estudiar con más detenimiento la advertencia.


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