Colmillo blanco

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Deslizó la cabeza siguiendo la redondez de la esquina de una roca, donde comenzaba una de las poco frecuentes curvas muy pronunciadas, y sus ojos avistaron algo que le hizo encogerse rápidamente pegándose al suelo. Se trataba del autor de las huellas: una gran hembra de lince. Estaba agazapada, como él había permanecido casi todo el día, y frente a ella estaba la compacta bola de púas. Si antes había sido una sombra huidiza, entonces fue el fantasma de la sombra al arrastrarse y dar un rodeo y, por fin, pudo colocarse a sotavento de la silenciosa y estática pareja.

Se agachó en la nieve, después de colocar el ptarmigán detrás de él, y escrutando con su único ojo a través de las puntiagudas hojas de un abeto, contempló frente a él el juego de la vida: el lince, que esperaba, y el puerco espín que hacía lo mismo, cada uno luchando por vivir. Así era la paradoja de la vida, la subsistencia de uno residía en devorar al otro, y la subsistencia del otro, en no ser devorado. Mientras, el viejo Tuerto, el lobo, agazapado, representaba también su parte en el juego, esperando algún extraño capricho de la suerte que le ayudara en la caza, que era su forma de subsistir.




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