Colmillo blanco
Colmillo blanco Pasó media hora, una hora, y nada sucedía. La bola de púas podría haber sido una piedra, ya que no se movía; el lince parecía haberse convertido en mármol y Tuerto parecía haber muerto. Sin embargo, los tres animales sentían la tensión de la vida tan a flor de piel que era casi doloroso, y pocas veces se encontraban tan vivos como cuando parecían estar petrificados.
Tuerto se movió ligeramente y observó con redoblada intensidad lo que ocurría. Algo estaba sucediendo. El puerco espín había pensado que su enemigo se había marchado. Lentamente, con cautela, la bola inexpugnable fue desenrollándose. No se impacientó lo más mínimo. Lentamente, muy lentamente, la bola erizada se iba estirando y alargando. Tuerto, contemplándolo, sintió una repentina humedad en la boca y babeó, involuntariamente, por la emoción que le producía la carne viviente que se ofrecía ante él como el manjar de un banquete.