Colmillo blanco
Colmillo blanco El impulso de su instinto de paternidad, de nuevo despertado, se hacía más fuerte en él. Debía encontrar carne. Por la tarde tropezó con un ptarmigán[4]. Salió de un bosquecillo y se encontró cara a cara con aquella ave de pocas luces. Estaba sentada en un tronco, a menos de un pie de su hocico. Los dos se vieron. El pájaro se sobresaltó y quiso levantar el vuelo, pero él lo golpeó con su garra y lo arrojó al suelo; luego se arrojó sobre él y lo cogió entre los dientes al ver que intentaba escabullirse corriendo por la nieve, tratando a la vez de remontar el vuelo. Cuando sus dientes traspasaron la carne tierna y los frágiles huesos, comenzó a devorarlo según su natural instinto. Entonces recordó, dio media vuelta e inició el regreso al cubil, con el ptarmigán en la boca.
A una milla de la bifurcación, mientras corría con su paso aterciopelado según su costumbre, como una sombra huidiza en su cautelosa búsqueda de cada rincón nuevo del camino, se topó con las últimas huellas de aquel rastro que descubriera por la mañana temprano. Como el rastro tenía la misma dirección de su camino, lo siguió, preparado para encontrarse con el autor de las huellas en algún recodo del arroyo.