Colmillo blanco

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El puerco espín se hizo una bola, irradiando largas y puntiagudas púas en todas direcciones, que impedían el ataque. En su juventud, Tuerto había olfateado demasiado cerca una bola de púas similar y aparentemente inerte y con la cola le atacó repentinamente en el rostro. Una de las púas se le clavó en el hocico, donde permaneció durante semanas, como una llama que le afligía, hasta que al final salió. Así que se sentó agazapado en cómoda posición, con la nariz a más de un pie y fuera del alcance de la cola. Así esperó, permaneciendo absolutamente quieto. Era imposible prever. Tenía que suceder algo. El puerco espín podía desenrollarse. Podía presentársele la oportunidad de un ataque hábil y un estupendo golpe de garra en su tierno y desprotegido vientre.

Pero después de esperar media hora se levantó, gruñó furioso ante la inactividad de la bola y continuó su camino. En el pasado había esperado inútilmente en muchas ocasiones a que los puerco espines se desenrollaran como para perder más tiempo. Continuó por la bifurcación de la derecha. El día iba pasando y no obtenía resultado alguno en su caza.




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