El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler —¿Adónde puedo ir? ¿Qué puedo hacer? —preguntó Frisco—. Nunca ha habido nadie en el mundo que me tendiese una mano. Una vez lo intenté, y me costó muy cara la lección para que ahora vuelva a intentarlo asÃ, precipitadamente.
—Bueno; cuando yo salga de esto, iré a casa. Me parece que mi padre tenÃa razón, después de todo. Y no sé por qué motivo no podrÃas venir conmigo.
Dijo esto último sin pensar, impulsivamente, y Frisco Kid lo comprendió.
—Tú no sabes lo que dices —le contestó—. ImagÃnate que yo me fuese contigo. ¿Qué dirÃa tu padre, y… y los demás? ¿Qué pensarÃan de mÃ? ¿Y qué harÃa?
A Joe se le encogió el corazón. Se daba cuenta de que, llevado de un impulso, habÃa hecho una invitación que demasiado sabÃa era imposible cumplir. Trató de imaginarse a su padre recibiendo en su casa a un extraño como Frisco Kid… No, no, en esto no habÃa ni que pensar. Entonces, olvidando su propia miseria, se puso a devanarse los sesos buscando otro medio para sacar a Frisco Kid de su condición actual.