El crucero del Dazzler

El crucero del Dazzler

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El Dazzler derivaba rápidamente a sotavento. Deteniéndose sólo para animarse con el éxito de la empresa, los dos muchachos corrieron a popa, donde el sollado estaba casi inundado y flotaba todo lo almacenado en la cabina. Con un par de cubos hallados en los cajones de popa procedieron a achicar el agua. Era un trabajo desesperado, pues entraba más de la que salía; pero ellos perseveraron, y, al llegar la noche, el Dazzler, balanceándose alegremente sujeto al áncora de resistencia, podía jactarse de que las bombas funcionaban una vez más. Como había dicho Frisco Kid, el temporal había cedido, pero el viento había cambiado hacia poniente y seguía soplando con fuerza.

—Si esto dura —dijo Frisco Kid—, tal vez derivemos mañana hacia la costa de California. No podemos hacer sino esperar.

Hablaban muy poco, impresionados por la pérdida de sus compañeros y rendidos por el cansancio, prefiriendo estar muy juntos, a fin de prestarse mutuamente calor y ánimo. Fue aquella una noche muy triste, en que el frío les hacía temblar constantemente. Nada había seco a bordo; alimentos, mantas, todo estaba empapado de agua salada. A veces se adormilaban, pero estos intervalos eran siempre cortos, pues el uno o el otro se despertaba de pronto sobresaltado y no dejaba dormir al compañero.


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