El crucero del Dazzler

El crucero del Dazzler

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Al fin empezó a clarear, y miraron a su alrededor. Viento y mar habían amainado considerablemente, y ya no se trataba más que de la seguridad del Dazzler. La costa, más próxima de lo que ellos suponían, mostraba sus rocas negras y hostiles en las brumas del amanecer. Pero con la salida del Sol pudieron distinguir las playas amarillentas, flanqueadas por la espuma de la marejada, y más allá —dudando de que fuese cierto— los grupos de casas y las chimeneas humeantes de una ciudad.

—¡Santa Cruz! —gritó Frisco Kid—. Ahí no hay cuidado de naufragar con la resaca.

—Entonces, ¿la caja de caudales está salvada? —preguntó Joe.

—¡Salvada! Ya lo puedo asegurar. No hay allí ningún puerto seguro para barcos grandes, pero con este viento iremos directamente a las bocas del río San Lorenzo. Aquello parece un pequeño lago, y hay un refugio para las embarcaciones. El agua, tranquila y clara como un cristal, apenas pasa de la cabeza. Yo estuve allí otra vez y conozco aquello. Llegamos a tiempo de desayunar.

Sacó de los cajones algunas adujas de cuerda de reserva, las ató sobre la parte fija de la guindaleza del áncora de resistencia y trajo a popa la nueva corredera, sujetándola a las bitas. El Dazzler se balanceaba, y después de la maniobra dirigió la proa a la costa.


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