El crucero del Dazzler

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En la estación de San Francisco se sorprendieron los transeúntes al ver que un muchacho con botas de agua e impermeable subía a un coche y partía a escape.

Pero Joe llevaba prisa. Conocía las horas en que su padre estaba en el despacho y tenía miedo de no poder hallarle antes de que se marchase a almorzar.

El «botones» de la oficina le puso mala cara cuando abrió la puerta y Joe pidió ver al señor Bronson. El primer dependiente, intimado por la llegada de aquel intruso tan poco recomendable, no le pudo reconocer.

—¿No me conoce usted, señor Willis?

—El señor Willis le miró sorprendido.

—¡Cómo, si es Joe Bronson! ¿De dónde diablos sales? Entra, tu padre está ahí.

El señor Bronson dejó de dictar al taquígrafo y levantó la vista.

—¿Dónde has estado? —le preguntó.

—Embarcado —contestó titubeando Joe, no sabiendo aún exactamente cómo sería recibido, y apretando, nervioso, la gorra impermeable.

—Un viaje corto, por lo visto. ¿Y cómo te ha ido?

—¡Oh! Así, así… —dijo Joe; y leyendo en los ojos de su padre, supo que podía lanzarse sin miedo—. No tan mal, si se tiene en cuenta…

—¿Si se tiene en cuenta qué?


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