El crucero del Dazzler

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En una palabra: el Abismo era el intrincado barrio de los pobres e inmundicia y, en cosmopolita promiscuidad, gentes de todas las nacionalidades. Los muchachos pasaron por allí en dirección a la casa del marino a las primeras horas de la noche, sin topar con ningún contratiempo; únicamente, de vez en cuando, algún chiquillo del Abismo se les quedaba mirando descaradamente y les saludaba con observaciones burlonas.

Las cometas que fabricaba el viejo marino no sólo volaban espléndidamente, sino que se podían doblar y se transportaban con suma facilidad. Cada uno de los muchachos compró varias, y con ellas bajo el brazo, atadas en paquetes compactos, emprendieron el camino de regreso.

—Tened cuidado con los chicuelos —les advirtió el marino—. Es muy probable que estén merodeando después de anochecido.

—Nosotros no tenemos miedo —aseguró Charley— y ya sabemos defendernos.

Acostumbrados a las calles anchas y tranquilas de la Colina, a los chicos les sorprendía y turbaba la muchedumbre que pululaba en este barrio tan densamente poblado. Al pasar por aquel laberinto de calles estrechas les parecía estar cruzando una vegetación espesa y monstruosa y andaban muy juntos, como buscando mutua protección y sintiendo la extrañeza de cuanto les rodeaba.


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