El crucero del Dazzler

El crucero del Dazzler

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Mientras los habitantes de la Colina eran el centro de atracción, Brick se había salido de pronto de su chaqueta y, escurriéndose por entre sus perseguidores y cruzando de un salto la desierta calle, huyó hacia el «burladero», adonde, al principio, Joe le había impedido ya dirigirse. Dos o tres de la cuadrilla salieron estrepitosamente en su persecución, saltando la empalizada tras él. A continuación hubo ladridos de perros en los patios y choques de zapatos sobre cajas y cobertizos. Luego se oyó un ruido de agua como si se hubiese precipitado al suelo el contenido de un barril. Unos minutos después volvían los perseguidores muy cariacontecidos y calados por el diluvio con que les había obsequiado el astuto Brick, cuya voz resonaba ahora en el aire desde algún tejado protector, desafiadora y burlona.

Este contratiempo pareció desconcertar al jefe de los hampones, y, en el preciso instante en que se volvía hacia Joe, Fred y Charley, un silbido largo y peculiar llegó a sus oídos, evidentemente la señal de alarma de alguno de ellos. Un momento después el propio centinela llegaba precipitadamente para reunirse al grupo que ya empezaba a retirarse.

—¡Copados! —dijo jadeando.

Joe miró y vio acercarse a dos policías, cubiertos con el casco y luciendo brillantes estrellas sobre el pecho.


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