El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler Sus compañeros llamaban Joe al muchacho que, con más frecuencia, abrÃa la marcha, dirigÃa las carreras o iniciaba las paradas. Se trataba de «seguir al guÃa», y él, el más alegre y audaz de todos, les guiaba. Pero cuando pasaron por la Western Addition, entre las lujosas y espléndidas residencias su risa se tornó menos ruidosa y frecuente, y sin darse cuenta se fue rezagando hasta quedarse el último. En el cruce de las calles Laguna y Vallejo sus compañeros torcieron a la derecha.
—¡Hasta la vista, Fred! —gritó entonces Joe mientras dirigÃa su rueda hacia la izquierda—. ¡Hasta la vista, Charley!
—Esta noche nos veremos —le contestaron.
—No… no podré acudir —respondió.
—Anda, ven —suplicaron.
—Tengo trabajo. ¡Hasta la vista!
Al quedarse solo se puso serio y sus ojos reflejaron cierta contrariedad. Empezó a silbar resueltamente, pero el silbido se fue debilitando hasta convertirse en un sonido apenas perceptible, que cesó al entrar en una avenida que conducÃa a una gran casa de dos pisos.
—¡Oh, Joe!