El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler Hasta la nariz de Joe se elevó el aroma de café, y desde una olla de hierro llegaba el inconfundible olor de judías casi cocidas. El cocinero colocó una sartén sobre el hornillo, hizo derretir un trozo de manteca y, cuando estuvo a punto, echó una gran tajada de carne de buey. Entretanto, hablaba con un compañero ocupado en llenar un cubo y rociar con agua salada los montones de ostras que había sobre la cubierta. Una vez efectuado esto, las cubrió con sacos húmedos y entró en la cabina, donde sobre una mesa pequeña había un cubierto para él. El cocinero, después de servir la comida, se sentó a su lado a comer.
A la vista de este espectáculo despertó el romanticismo de Joe. Aquello era vivir, ganarse la vida al aire libre, bajo el sol y el cielo o recibiendo el viento y la lluvia. En cambio él debía sentarse todos los días en un salón cerrado, en compañía de cincuenta muchachos, fatigándose el cerebro y atracándose de ciencia árida. Y mientras tanto, estos hombres hacían todas aquellas cosas, vivían alegres, despreocupados y felices, bogando y navegando, preparando sus propios alimentos y tropezando, sin duda, con aventuras como las que únicamente se sueñan en el salón de la escuela.