El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler «Eso es libertad», pensaron los chicos que le observaban. Además, aquellas grandes botas que le llegaban a las caderas, y que sujetaba con la correa que le rodeaba la cintura, ejercían sobre ellos una rara y maravillosa fascinación. Ignoraban que no habían pertenecido sólo a Frisco Kid, que eran simplemente unas botas viejas de Pete Le Maire y le estaban tres números anchas. No podían imaginar tampoco cuán incómodo resultaba llevarlas en un día caluroso de verano.
La causa del descontento de Frisco Kid radicaba en aquellos mismos chicos sentados al borde del malecón y que le admiraban; pero su disgusto procedía de otro hecho muy distinto. La tripulación del Dazzler estaba incompleta, y él tenía que hacer más trabajo del que en justicia le correspondía. No le importaba guisar o efectuar la limpieza de las cubiertas y manejar la bomba; pero cuando le tocaba barrer y fregar los platos se rebelaba. Ya se había ganado el derecho de que le eximieran de aquellas faenas del marmitón. Todo esto debían hacerlo los novatos, mientras que él podía ejecutar las maniobras, subir el áncora, gobernar el timón y tomar parte en los desembarcos.
—¡Cuidado, abajo! —avisó Pete Le Maire o «French Pete», capitán del Dazzler; y, tirando un paquete dentro del sollado, llegó a bordo por el aparejo de estribor.