El crucero del Dazzler
El crucero del Dazzler Ella le cogió la mano y la oprimió contra su mejilla, y cuando le tuvo cerca se le arrimó con gesto mimoso.
—¿Qué tienes, Joe querido? —inquirió tiernamente—. ¿Quieres decÃrmelo?
Él permaneció silencioso. Le pareció ridÃculo confiar sus penas a una hermana menor. ¡Si al menos pudiera alejarse de su lado… era tan tonto aquello! Pero podÃa herir sus sentimientos y por experiencia sabÃa cuán susceptibles son estas niñas.
Le abrió los dedos y le besó la palma de la mano. Era como si cayera un pétalo de rosa, y era también su manera de repetir la pregunta.
—No tengo nada —dijo decididamente. Y luego, contradiciéndose—: ¡Es el papá!
Su disgusto se reflejaba ahora en los ojos de la niña.
—Pero papá es tan bueno y cariñoso, Joe —comenzó—. ¿Por qué no tratas de complacerle? Él no exige mucho de ti, y todo es por tu bien. Tú no eres torpe como otros chicos. Con que quisieras estudiar un poquito…
—¡Eso es! ¡Sermones! —estalló, apartando la mano rudamente—. Hasta tú empiezas a reprenderme ahora. Probablemente vendrán luego el cocinero y el mozo de cuadra.