El Hijo del lobo
El Hijo del lobo Ante todo, rindió homenaje al jefe Thling-Tinneh, presentándose ante él con un par de libras de té negro y tabaco, y ganando de tal modo su bienvenida más cordial. Después se mezcló con los hombres y con las mujeres solteras, y esa noche dio un potlach. La nieve había golpeado a todo lo ancho de una figura oblonga, quizás de una treintena de metros de largo y cuatrocientos metros de ancho. Justo en el centro se había encendido una larga hoguera, cada uno de cuyos lados estaba prolijamente alfombrado con ramajes. Las tiendas estaban abandonadas, y el centenar aproximado de miembros de la tribu prestaba sus lenguas a los cantos folklóricos en honor de su huésped.
Los últimos dos años habían enseñado a «Cogote» Mackenzie los no muchos centenares de palabras de su vocabulario, y había conquistado igualmente sus hondos sonidos guturales, sus locuciones y construcciones de estilo japonés, y las partículas honoríficas y aglutinantes. Así, construía las oraciones de esa especial manera, satisfaciendo su instintiva vena poética con vivas descargas de elocuencia y contorsiones metafóricas. Luego de que Thling-Tinneh y el chamán hubieron respondido de modo apropiado, él obsequió baratijas a los hombres de la tribu, se unió a sus cantos, y probó ser un experto en el juego de envite de «las cincuenta y dos estacas».