El Lobo de mar
El Lobo de mar Apenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseÃa una residencia de verano en Mill Valley, a la sombra del monte TamalpaÃs, pero ocupábala solamente cuando descansaba en los meses de invierno y leÃa a Nietzsche y a Schopenhauer para dar reposo a su espÃritu. Al llegar el verano, se entregaba a la existencia calurosa y polvorienta de la ciudad y trabajaba incesantemente. De no haber tenido la costumbre de ir a verle todos los sábados y permanecer a su lado hasta el lunes, aquella mañana de un lunes de enero no me hubiese sorprendido navegando por la bahÃa de San Francisco.
No es que navegara en una embarcación poco segura, porque el MartÃnez era un vapor nuevo que hacia la cuarta o quinta travesÃa entre Sausalito y San Francisco. El peligro residÃa en la tupida niebla que cubrÃa al mar, y de la que yo, hombre de tierra, no recelaba lo más mÃnimo. Es más: recuerdo la plácida exaltación con que me instalé en el puente de proa, junto a la garita del piloto, y dejé que el misterio de la niebla se apoderara de mi imaginación. Soplaba una brisa fresca, y durante un buen rato permanecà solo en la húmeda penumbra, aunque no del todo, pues sentÃa vagamente la presencia del piloto y del que ocupaba la garita de cristales situada a la altura de mi cabeza, que supuse serÃa el capitán.
