El Valle de la luna
El Valle de la luna En dos ocasiones Saxon trató de referirle detalles sobre la manera cómo habÃa trabado conocimiento con Long, pero él siempre la desviaba de la cuestión.
—Me importa un comino todo eso —le dijo Billy la segunda vez—. Lo importante es que usted esté aquÃ, ¿no es cierto?
Pero ella insistió, y cuando terminó de hablar, Billy, ya cansado y un poco fastidiado, le dio unas palmaditas en la mano, muy suavemente.
—Está muy bien, Saxon —le dijo—. Sucede que se trata simplemente de un «duro». Al verle, le tomé la medida en el acto. No la molestará más. Conozco esa raza. Es un perro. ¿Dice que es alborotador? No creo que consiga molestar ni a un carro lechero.
—Pero ¿de qué manera se las arregla usted? —le preguntó Saxon conteniendo el aliento—. ¿Por qué le temen tanto los otros? Usted es maravilloso, simplemente.
Billy se sintió perturbado y cambió de tema.
—¿Sabe usted? —le dijo—. Me agradan sus dientes. Son iguales entre sÃ, y blancos, y no muy grandes, como los de un bebé. Son justamente los que necesita, y le sientan muy bien. Nunca vi a una muchacha que poseyera dientes tan bonitos. Son los que me dan hambre, ¿sabe?, cuando los miro. Deben ser bastante buenos para comer.