El Valle de la luna
El Valle de la luna Al llegar a la medianoche, mientras Bert y Mary continuaban bailando sin saciarse, Billy y Saxon se encaminaron hacia la casa de ella. Él fue el que sugirió que se marcharan temprano, y necesitó explicar su actitud.
—Es algo que aprendà siendo boxeador —le dijo—. Me enseñó a cuidarme. Uno no puede trabajar todo el dÃa y bailar la noche entera y seguir fresquito, en condiciones. Y lo mismo sucede con las bebidas…, aunque tampoco soy un bebé de su mamita. Sé lo que es. Tengo bastante experiencia en el asunto. Me gusta la cerveza, y siempre bebo grandes jarros, pero no todo lo que desearÃa. He probado de hacerlo, pero realmente no compensa. Tome por ejemplo a ese tipo que esta noche se metió con nosotros. Yo estaba preparado, de cualquier manera. Es un perro pero, además, tiene el cuerpo repleto de cerveza rancia. Lo comprendà desde el primer instante, y por eso logré dominarlo. Ésa es la condición necesaria, la cosa.
—Pero él es tan enorme —protestó Saxon—. Si tiene los puños del doble de los suyos.
—Eso no quiere decir nada. Lo que realmente vale es lo que hay detrás de los puños. Es un tipo primitivo. Si no lo derribaba de entrada, hubiese conseguido que se mantuviera alejado, esperando. Y entonces, de pronto, hubiera estallado… en pedazos, en el aire, y usted lo habrÃa visto en su verdadero sitio. Y la verdad es que él mismo lo sabe.