El Valle de la luna
El Valle de la luna —Usted es el primer boxeador que conozco —le dijo ella después de una pausa.
—Ya no lo soy más —protestó rápidamente—. El mismo boxeo me enseñó a dejarlo a tiempo. Es que no compensa. Uno se entrena hasta quedar como una seda, inclusive la piel, y después salta las cuerdas para hacer veinte rounds con alguno que está en las mismas condiciones, y entonces la seda se rompe…, y se pierde un año de vida. SÃ, y hasta a veces se pierden cinco años en lugar de uno, o si no queda partido por el medio, o despilfarra toda la vida de un santiamén. Yo los he visto. Muchachos fuertes como toros, después de sostener una lucha dura, han muerto de extenuación al año escaso con los riñones deshechos, o si no por cualquier otra causa. ¿Y qué objeto tiene todo eso? El dinero no puede compensar lo que pierden. Por eso abandoné la profesión y me dediqué a dirigir el equipo. Ya conseguà mi seda y me la guardaré para mà mismo, eso es todo.
—Pero se habrá sentido orgulloso al vencer a otros… —dijo la muchacha muy suavemente, consciente y orgullosa de la fuerza y la habilidad de Billy.