El Valle de la luna

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IX

El domingo por la mañana Saxon se encontró lista con bastante anticipación, y cuando volvía a la cocina, después de atisbar por segunda vez a través de las ventanas del frente, Sara comenzó a atacarla como de costumbre.

—Es una vergüenza y una desgracia cómo cierta gente se permite el uso de medias de seda —dijo—. Mírenme a mí, fatigada, guisando todo el día y toda la noche, y sin tener un par de medias de seda, o tres pares de zapatos al mismo tiempo. Pero hay un Dios junto al cielo, y algunos se encontrarán frente a él algún día, y al final se llevarán una gran sorpresa: cada uno recibirá lo que merece.

Tom, que fumaba su pipa y estrechaba sobre sus rodillas al más pequeño de sus hijos, le guiñó a escondidas dándole a entender que Sara estaba furiosa. Saxon le colocó una cinta en los cabellos de una de las niñas. Sara caminaba pesadamente de un lado hacia el otro, lavando y acomodando los platos que habían sido usados durante el desayuno. Se irguió de espaldas sobre la pileta con un gemido, y le echó a Saxon una mirada francamente hostil.


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