El Valle de la luna
El Valle de la luna —Oh, claro que no —se burló ella—, yo no entiendo nada, no tengo inteligencia, soy una tonta, y hasta me lo dices muy claramente delante de los chicos —con furia se volvió hacia el mayor de ellos, que, al ser sorprendido, se alejó encogido—. Willy, tu madre es una necia ¿lo sabÃas? Tu padre dice que soy una necia, y lo dice delante de tu cara y de la mÃa. Es una tonta, simplemente. Y después dirá que está loca y la pondrá en una asilo. ¿Y eso qué te parecerá, Willy? ¿Te gustará ver a tu madre con una camisa de fuerza, dentro de una celda acolchada, privada de la luz del sol y castigada como una negra de antes de la guerra, castigada y agarrotada como una negra vulgar, eh, Willy? Ésa es la clase de padre que tienes, Willy, sÃ, dentro de una celda acolchada la madre que te alumbró…, junto con los locos que gritan y chillan alrededor de uno, y cuando son muertos a golpes se les echa encima cal viva para que los cadáveres se quemen…
Incansablemente, proseguÃa pintando con tonos terribles el futuro que su marido premeditaba para ella, mientras que el niño, asustado ante una catástrofe vaga e incomprensible, comenzó a sollozar en silencio mientras el labio inferior le temblaba como un péndulo. Por un instante, Saxon perdió el dominio de sà misma.
—Oh, Dios mÃo —dijo—. ¿No podemos estar juntos cinco minutos sin reñir? —estalló.