El Valle de la luna
El Valle de la luna De pronto dejó de hablar y se sentó en una silla, cerca de la mesa, echando miradas malévolas y desdichadas. Bruscamente se puso de pie, como si fuera una autómata, llenó una taza de café frío y se sentó otra vez maquinalmente. Como si el líquido fuese muy caliente para sus labios, le mezcló con otro más grasiento, teniendo siempre la misma mirada, y mientras su pecho se hundía y se elevaba en un movimiento de vaivén.
—Cálmate, Sara, cálmate —le rogó Tom ansiosamente.
En respuesta, lenta y deliberadamente, como si el destino del mundo dependiese de la exactitud de sus actos; volvió a colocar la cafetera sobre la mesa. Levantó la mano derecha, lenta e imponente, y, de la misma manera, descargó la mano abierta sobre la mejilla de Tom dándole una sonora bofetada. Y en seguida, histéricamente, elevó su voz chillona y estridente y se sentó sobre el suelo. Allí se meció hacia adelante y hacia atrás, como si tuviese una pena infinita y abismal.
Willy comenzó a llorar primero silenciosamente, pero poco después su lloro fue ruidoso, y entonces se le unieron las niñas, que tenían cintas en los cabellos. Tom estaba desencajado, blanco, aunque la mejilla le ardía mucho. Y Saxon, que quería consolarle echándole los brazos al cuello, no se atrevió a hacerlo. Tom se inclinó sobre su esposa.