El Valle de la luna

El Valle de la luna

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—Sara, tú no estás bien. Deja que te lleve a la cama y yo terminaré de hacer la limpieza.

—¡No te acerques, no me toques! —chilló deshaciéndose violentamente de él.

—Lleva los chicos al fondo, Tom, sácalos a pasear, aléjalos, haz cualquier cosa —dijo Saxon. También se sentía enferma, pálida y temblorosa—. Anda, Tom, hazme el favor. Allí está tu sombrero. Me encargaré de ella. Sé de qué manera hacerlo. Ya más consciente, Saxon se condujo apresuradamente, asumiendo una calma que no tenía pero que debía transmitir a la enloquecida que se debatía sobre el suelo. El ruido se escapaba a través de las paredes de su casa, y Saxon sabía que los vecinos estaban escuchando todo, de la misma manera que en la calle y en la casa de enfrente. Temía que Billy pudiese aparecer de un momento a otro. Además, se sentía encolerizada y ofendida. Adentro suyo se le revolvían todas las entrañas, presa de una sensación nauseosa; pero sin embargo mantuvo el dominio de sí misma y le golpeó muy suavemente a Sara en la frente y en la cabeza, para calmarla. En seguida, rodeándola con un brazo, consiguió aminorar el volumen de sus chillidos. Poco después, la mayor de las mujeres estaba recostada sobre la cama sollozando pesadamente, y sobre su frente y sus ojos había varias toallas humedecidas para aliviarle el dolor de cabeza, nombre que le pusieron, en primera instancia, al ataque mental que Sara había padecido.


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