El Valle de la luna
El Valle de la luna Encima de la cómoda habÃa un espejo pequeño y, encajados en marcos, retratos de hombres y de mujeres jóvenes que parecÃan grupos de una fiesta campestre: tenÃan los sombreros echados hacia atrás y los mozos rodeaban con sus brazos a las muchachas. Más lejos colgaba un calendario. Sobre las paredes habÃa numerosos anuncios comerciales y en colores; y también dibujos arrancados de revistas. La mayor parte de los dibujos eran de caballos. De la cocina de gas colgaba un montón de programas de bailes llenos de marcas.
Saxon comenzó a despojarse del sombrero, pero bruscamente se sentó sobre la cama. Estaba sollozando muy suavemente, como si temiera algo, cuando la puerta, que estaba apenas cerrada, se abrió sin producir ningún ruido y la joven se sorprendió al escuchar la voz de su cuñada.
—¿Qué te pasa, ahora? Si es por los porotos …
—No, no —respondió Saxon atropellándose al hablar—. Lo que sucede es que estoy cansada, eso es todo, y además tengo los pies doloridos. No tengo apetito, Sara. Estoy rendida, simplemente.