El Valle de la luna
El Valle de la luna —Si estuvieras en esta casa —le respondió— cocinando, horneando, lavando y teniendo que enfrentar a todo lo que hay aquÃ, entonces serÃa razonable que te sintieras cansada. Y tendrÃas más de un disgusto. Pero no tienes más que esperar —estalló Sara—. Aguarda, simplemente, y algún dÃa serás lo bastante necia como para casarte, igual que yo, y entonces recibirás tu pago…, y todo será hijos y más hijos, y ya no habrá más bailes, ni medias de seda, ni tres pares de calzado al mismo tiempo. Tendrás una fiesta…, y nadie se ocupará de tu personita…, y tampoco habrá jóvenes encanallados que te echen miraditas y que te digan los lindos, ojos que tienes. ¡Bah!, algún hermoso dÃa de tu vida agarrarás a alguno de ésos, y entonces, cuando se presente la ocasión, quizás muestres un ojo negro para variar.
—No digas eso, Sara —protestó Saxon—. Mi hermano nunca puso las manos encima tuyo. Lo sabes bastante bien.