El Valle de la luna

El Valle de la luna

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XI

Los caballos, sudorosos, deteniéndose frecuentemente, ascendieron por el camino empinado de la cuesta que llevaba hacia el valle de Moraga, y en la división de las colinas, hacia la costa, el camino descendía bruscamente a través de la verde y soleada calma de Redwood Canyon.

—¿No le parece que esto es algo grande? —le preguntó Billy haciendo un gesto con la mano, señalando hacia los macizos de los árboles, hacia el rumor de las aguas ocultas, hacia el zumbido estival de las abejas.

—Sí, me encanta —dijo Saxon—. Me produce el deseo de vivir en el campo, cosa que nunca consigo.

—Y a mí también, Saxon. En toda mi vida nunca viví en el campo…, y toda mi familia era del campo. Entonces no había ciudades y todos vivían allí.

—Creo que usted tiene razón —asintió ella—. Tenían que vivir en el campo, simplemente.

En ese instante Billy estaba atareado en el manejo de la yunta que marchaba cuesta abajo. Saxon se echó hacia atrás con los ojos cerrados. Tuvo una inefable sensación de paz. De tanto en tanto él la miraba.

—¿Qué le sucede? —le preguntó Billy por último, casi alarmado—. ¿No se siente bien?

—No, es que todo esto es tan hermoso que temo abrir los ojos —respondió la muchacha—. Y es tan notable que hiere la vista.

—¿Notable? Bueno…, a mí me parece divertido.


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