El Valle de la luna
El Valle de la luna Un conejo cruzó el camino levantando, al huir, una nube de polvo densa como el humo. De pronto, cerca de una docena de codornices aparecieron delante de los hocicos de los caballos. Ambos muchachos dejaron escapar al mismo tiempo exclamaciones de placer.
—¡Oh —dijo él—, casi desearÃa haber nacido agricultor! Las gentes no fueron hechas para vivir en las ciudades.
—Las de nuestra clase no, al menos —asintió ella. Hubo un silencio. Ella suspiró—. Aquà todo es tan hermoso que casi serÃa un sueño vivir una vida entera en estos lugares. A veces quisiera ser india.
Billy quiso hablar varias veces, pero se contuvo.
—TodavÃa no me dijo nada de esos muchachos de los que creyó estar enamorada —le dijo por último.
—¿Quiere saberlo? —le preguntó la joven—. En verdad, no significan nada.
—Claro que quiero saber. Vamos, empiece.
—Bueno, primero fue Al Stanley…
—¿De qué vivÃa? —le preguntó Billy casi autoritariamente.
—Era jugador.
El rostro del joven se endureció súbitamente, y al mirarle ella se dio cuenta de que sus ojos estaban llenos de dudas.