El Valle de la luna
El Valle de la luna Vagaron delante de los puestos donde se trituraba maní y se cocía el maíz dulce que se preparaba para la jornada. Continuaron el camino hasta llegar al pabellón de baile. Examinaron el piso. Saxon se prendió de un imaginario compañero de baile y ensayó lentamente unos pasos de vals. Mary palmoteó.
—Oh, —exclamó—, verdaderamente eres grande. Y ellos todavía están empaquetando sus duraznos.
Saxon sonrió, agradecida. Extendió el pie dentro del calzado aterciopelado, de tacones altos y cubanos, y recogió ligeramente la falda apretada y negra, que le permitió exhibir un precioso tobillo y la delicada morbidez de la parte posterior del comienzo de la pierna, y entonces la carne blanca brilló a través de las medias negras de seda fina y sutiles, de cincuenta centavos. Era delgada pero no alta, aunque poseía las líneas redondeadas de la mujer. Su talle blanco estaba adornado con un jabot[2] plegado, de encaje común, y sujeto con un alfiler muy novedoso, imitación coral. En el busto lucía una bonita chaquetilla con mangas hasta los codos, y los brazos estaban cubiertos con guantes de imitación Suecia. El toque más personal de su toilette estaba en la escasa cantidad de rulos, reacios a dejarse ondular, que escapaban por debajo del sombrerito vulgar de terciopelo negro, inclinado sobre los ojos.