El Valle de la luna
El Valle de la luna Cada una compró su propio billete en la entrada del Weasel Park y, al entregar el medio dólar, tuvo la certeza absoluta del número de piezas almidonadas que representaba aquella moneda.
Era demasiado temprano para el grueso de la gente, pero los albañiles con sus familias ya estaban en marcha, e iban cargados con enormes cestas para la merienda y con montones de bebés; sí, era una saludable raza de rudos trabajadores bien pagados y fuertemente nutridos. Y junto a ellos, mal disimulados dentro de sus vestimentas yanquis, más flacos y petisos[1], maduros no sólo por la edad sino también por los malos tiempos y las penurias sufridas, estaban los abuelos y las madres que habían visto por primera vez la luz en el viejo solar irlandés. Sus rostros daban la impresión de alegría y de orgullo, al mismo tiempo que se enternecían ante su progenie llena de vitalidad y bien alimentada.
Mary y Saxon no pertenecían a esa clase de gente. Tampoco los conocían ni había ninguna relación con ellos. No tenía ninguna importancia, que el festival fuera irlandés, alemán o eslavo; tampoco si la fiesta al aire libre era de los albañiles, de los cerveceros o de los carniceros. Ellas, las muchachas, formaban la multitud danzante que aumentaba los ingresos de los festivales en una proporción constante y considerable.