El Valle de la luna
El Valle de la luna La señora Higgins se detuvo bruscamente y salió, después de atravesar el aposento. Saxon no habÃa dejado de observar la gracilidad y la elegancia de ese cuerpo delgado y envejecido. Cuando regresó se dio cuenta que esa gracia y distinción no eran cosas imaginarias.
—Apenas si le he dado a conocer la primera letra del alfabeto del amor —dijo volviéndose a sentar.
En sus manos llevaba un pequeño instrumento veteado hermosamente, de un calor oscuro y brillante, que se parecÃa mucho a una guitarra, pero que tenÃa cuatro cuerdas. Lo hizo sonar con su Ãndice, rÃtmicamente, al mismo tiempo que su voz se elevaba entonando una extraña melodÃa extranjera, llena de amor. Suavemente, la voz y la melodÃa ascendÃan llegando hasta un éxtasis sensual, y se apagaba hasta el murmullo, como una caricia que arrastrara en medio de amorosos claroscuros, hasta que finalmente se agigantaba otra vez transformándose en salvajes gritos de amor mezclados con lamentos, locas promesas e invitaciones. Saxon fue ganada lentamente hasta que se sintió arrastrada por los apasionados sones del instrumento. Todo le pareció un sueño. Estaba embriagada cuando Mercedes Higgins cesó de tocar.