El Valle de la luna
El Valle de la luna —Si es que ustedes se conocen perfectamente ya, como dos viejos enamorados enlazados por una vieja historia de amor, si eso sucede, a pesar de todo cántele esta canción única y verá cómo sus brazos se extienden nuevamente hacia usted, cómo el calor aparece en sus ojos cuando ya se disolvían los últimos destellos de la enajenación. ¿Lo ve, lo entiende, pequeña mujer?
Saxon apenas si movía en silencio la cabeza, ya que sus labios estaban demasiado secos para hablar.
—Éste es el koa de oro, el rey de los bosques —dijo Mercedes pulsando todavía el instrumento—. El ukelele…, así lo llaman los hawaianos, y eso, querida, quiere decir el salto de la pulga. Los hawaianos son carnes doradas, son una raza de enamorados que viven debajo del cálido frescor de la noche tropical, donde sopla el viento caprichoso.
Nuevamente hizo sonar las cuerdas. Cantaba en un lenguaje que Saxon presintió que debía ser francés. Era diabólicamente alegre, cadencioso, acompasado y juguetón. Sus grandes ojos parecían de pronto enormes y salvajes, pero luego volvían a ser pequeños, seductores y llenos de malicia. Cuando terminó la miró a Saxon como esperando su parecer.
—Esto último no me gusta tanto —le dijo Saxon.
Mercedes se encogió de hombros.