El Valle de la luna
El Valle de la luna Y Saxon, asombrada, escuchó confusamente lo que casi le pareció un fárrago alocado, salvo las palabras sin ilación, extrañas y con un sentido misterioso e imperceptible. Creyó escuchar resplandores de profundidades inexpresables, lindantes con lo prohibido y lo terrible. El discurso de esa mujer parecía una lava que quemaba y que cauterizaba. Las mejillas de Saxon, de la misma manera que su frente y su cuello, ardían intensa y crecientemente. Temblaba de miedo, tenía náuseas, durante un momento pensó que se desmayaría, ya que sus pensamientos se agitaban en desorden. Olvidó el bordado que tenía sobre la falda. Tenía los labios secos. Aquella visión había sido como una pesadilla que estaba más allá de todo lo imaginable. Humedeció sus labios para protestar. Mercedes se quedó callada.
—Y aquí termina la lección —dijo con bastante calma, y rió con una risa llena de tormento—. ¿Qué sucede?
—Estoy asustada —se quejó Saxon bruscamente, llorando casi, nerviosa, reprimida—. Usted me asusta. Soy muy tonta y si tan poco… que nunca soñé con eso…
Mercedes asintió, como si la comprendiera.
—Sí, es como para asustarse, ciertamente —dijo—. ¡Es solemne, terrible, magnífico!