El Valle de la luna

El Valle de la luna

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—Oh, ya se a dónde vas —le dijo Bert con aspereza—. Y puedo decirte que vivo o muerto, con trabajo o sin él, ante cualquier cosa que me ocurra, si es que quieres seguir ese camino lo seguirás y no se podrá hacer nada.

—Me parece que te lo planteé directamente —respondió ella agitando la cabeza—. Y creo que siempre he procedido de la misma manera desde que te conozco, durante todo el tiempo que llevamos juntos, si es que a alguien se le ocurre preguntar.

Bert quiso responderle con palabras fuertes que ya salían de su boca, pero intervino Saxon y se produjo la paz. Ella estaba inquieta por la falta de armonía que había entre ellos. Ambos eran de temperamento irritable, violento, y sus continuos choques no auguraban nada bueno para el futuro.

La maquinita de afeitar fue un gran éxito de Saxon. Después de conversar mucho con un empleado, que trabajaba en la ferretería de Pierce, la compró. El domingo por la mañana, después del desayuno, cuando Billy ya se marchaba hacia la barbería, le condujo al dormitorio, le rodeó el cuello con una toalla y le descubrió la caja con la maquinita, la taza para el jabón líquido, el asentador y la brocha. Billy retrocedió, luego se adelantó un paso para observarlo todo más atentamente, con curiosidad. Miraba apenado la maquinita de afeitar.


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